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Soy un invasor del espacio

Autor: Yaíma Guilarte Hernández
9 Junio, 2015

Hace unos meses cuando conversábamos con el dominicano Raúl Tamayo Morilla, el artista nos mostraba sus propósitos para esta Duodécima Bienal de La Habana. En esta ocasión, con su obra en la realidad del Parque Trillo, nos comenta cómo fue la Experiencia a partir de la Idea inicial, asuntos conceptuales de la pieza, así como de las expectativas cumplidas.


 Diez de la noche en el barrio Cayo Hueso. El creador contempla desde un banco las novedades instaladas en el Parque Trillo como si escrutara la aceptación de su obra: telares, sillas, proyectores, conos. Aquel hombre solitario en la enramada de la noche habanera recuerda al Marco Polo de Italo Calvino que contaba al emperador sobre ciudades imposibles. La Duodécima Bienal de La Habana ha ofrecido la oportunidad al dominicano Raúl Tamayo Morilla de crear confusión en torno a la imposibilidad de estar dentro y a la vez fuera, de vivir una experiencia pública en lo privado.  


¿Cómo podría tasar lo que ha visto hasta ahora en la Bienal de La Habana?


Me parece muy interesante. No he tenido oportunidad todavía de asistir a algunos espacios colaterales; pero ha sido atractivo percibir el flujo de la ciudadanía, el movimiento, cómo se han integrado-por ejemplo- las obras del malecón con la gente que se acerca, va , la apoya, interactúa con ellas.


¿Qué propósito ha perseguido con Entrando a las afueras?  


La obra pretende interrogar sobre las limitantes que tenemos en la sociedad. Aquí lo enfocamos desde los espacios físicos, por eso se llama Entrando a las afueras porque: ¿quién dice realmente qué es el interior y qué el exterior? Hay un rejuego con las imágenes que se proyectan dentro de las carpas. De pronto, cuando entras… estás fuera.


Nosotros lo que hacemos es limitar los espacios, no los creamos, los espacios existen. Las proyecciones reflejan el exterior y el espectador se plantea las interrogantes: ¿estoy arriba? ¿abajo? ¿dentro? ¿fuera? Ese es el juego que quiere la pieza con el espectador. De igual modo, los telares son transparentes con una silla de estancia para que te sientes y el límite es también transparente. Cuando entras, te cuestionas “¿qué es el parque?”: es el exterior según el canon que te han enseñado. Este es el planteamiento de Entrando a las afueras.



¿Por qué el Parque Trillo?


Teníamos varios parques candidatos; pero funcionalmente aquí había facilidad para los cables tensores por la cantidad de árboles y, además, la sombra ayuda a que las proyecciones se puedan ver mejor de día; pero cuando vine a ver las opciones también noté que El Trillo no es una plaza inerte, está viva, no es simplemente de transición como las hay en la ciudad, es una estancia. Aquí llegas a las dos de la madrugada y encuentras gente, o sea, tiene vida las 24 horas del día. Dentro de este contexto la pieza se vuelve mucho más interesante.


 

¿Cómo valora la repercusión de su obra en este enclave citadino?


Ha sido excepcional porque hay una integración increíble e inesperada con la comunidad en el sentido de que la visitan a diario, vuelven, entran a las carpas, le dan uso a la pieza. Esto refuerza las características de esta Bienal de integrar la obra al medio circundante y a la propia sociedad. Los mismos vecinos la cuidan: vienen, la apoyan, se sienten parte de ella. Ha sido muy gratificante. Respecto a la creación en las calles, no es solo relativa a la Bienal, el arte en la actualidad debe salir de las galerías porque vivimos en un constante aceleramiento y ya los museos están pasando, lamentablemente, a ser elefantes blancos. El arte hay que llevarlo a la comunidad y tratar de cautivar a la gente.


Esta mañana había muchos niños aquí en el parque, correteando, jugando; si un infante de esos puede cambiar su percepción sobre lo que es el arte, ya la pieza ha logrado su cometido. Creo que la línea curatorial se ha dado muy bien en esta edición de la Bienal porque definitivamente ha salido el arte a la calle que, a fin de cuentas, no debe ser para sitios específicos, sino para todos”.  



¿Se han cumplido sus expectativas con la obra?


Se han sobrepasado porque se ha ido corriendo la voz y cada día viene más gente, no solo de la comunidad, también de más lejos. Estamos cerrando más tarde porque incluye proyecciones y aparatos electrónicos, entonces hemos tenido que extendernos un poco porque están viniendo muchos adultos de noche.


¿Existen fronteras en la interacción de su pieza con el público?


Es una obra más bien integradora. Ahora mismo podemos observar que una sola pieza está encendida y aun así hay público. Escuché a una señora decir que son experiencias nuevas para la comunidad. No es solo que los conos estén instalados en el parque, también vale mucho la integración con las personas.



¿Le preocupa el deterioro progresivo?


“Me quedo hasta tarde porque me gusta disfrutarla. Sé que irremediablemente la obra va a ir cediendo, deteriorándose; no es la finalidad porque los materiales son perennes, pero la intervención de las personas y los niños que juegan y tiran de la lona, pues, va bajando la tensión de los cables. Creo que ellos tienen que disfrutarla porque yo soy el invasor de su espacio, soy el visitante. No puedo decirle a un niño “no te subas”, “no pongas las manos en la lona”, yo estoy en su hogar, en su estancia y tengo que aceptar todo.


 

Estoy feliz, y si la tumban o se cae, también feliz porque esa fue la integración de la obra. Que pase lo que vaya a pasar. Espero que no se caiga hasta el 22 de junio. Incluso estoy proponiendo destruirla en la clausura de la Bienal para que termine siendo utilitaria. Estuve hablando con la presidenta del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y sugerí que la cediera a una asociación de mujeres de la comunidad para emplear los telares como cortinas, almohadones, sobrecamas. Sería una gran satisfacción personal, se cerraría el ciclo de la obra conceptualmente en cuanto al título. Ya “entrarías”, es una especie de dualidad que termina. Dejaría una duda mayor de dónde están los límites, si terminó dentro o fuera. Quiero hacer especie de un performance y ojalá fuera factible para los organizadores. Sería un deleite mayor porque jugaría con lo utilitario del arte.


 

La Bienal ha sido una grata experiencia, no solo para mí, para cualquier artista por la importancia mundial que reviste el evento. Es una gran plataforma para poder exhibir tu trabajo y conocer los criterios sobre él. En espacios tan ambiciosos como estos donde desfilan miles y miles de personas, eso es lo que alimenta al artista porque después que haces una obra, ya no es tuya, no la puedes dejar para tu consumo interno. Las obras son como hijos, tú eres el camino; pero después que el hijo crece y comienza a pensar ya no es tuyo, puede ser todo lo contrario a su creador.