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“Esta es mi obra… allá ustedes” (II)

Autor: Yaíma Guilarte Hernández
27 Abril, 2015

¿Cuáles han sido sus herramientas de investigación?


Sobre todo una página de Facebook donde hay 46 mil cubanos. Una mañana ponía “te quiero hacer el amor, ¿cómo dirías eso en cubano?” Ya te imaginas la cantidad de ideas que pudieron haber salido de allí. Juego a ser el yuma dentro de un espacio digital y los usuarios -sin saberlo- son objeto de investigación a través de sus anécdotas, cuentos y su nostalgia. Durante siete meses estuve pegado todos los días a esa página, tratando de hacerla un hervidero.


 

Llegué a colectar 300 dichos, también a través de Twitter, Instagram, Google Plus. Además visioné 120 películas cubanas. Hice un casting a ciegas. Debo mencionar que cuando escribí la historia, había unos personajes que son trillizos y tenía decidido que debían ser representados por bailarines, todavía no había definido el género; y un amigo me mostró un video, presioné play y vi a los hermanos Rodríguez Castellanos de la Escuela Nacional de Ballet. Era muy importante para mí el hecho de que los trillizos existieran tal como habían sido descritos a partir de una idea metafórica que ni siquiera partía de referentes de la realidad.


 

Desde la primera lectura de guión no he podido parar de llorar porque la posibilidad de otorgarle acento y sentido cubanos a las palabras que he escrito, desde una idea de aproximación a la realidad, ha sido maravilloso.


 


¿Considera su obra transgresora?


Prefiero el término integradora. Un artista como Anish Kapoor es totalmente transgresor porque viene con su obra tremendamente tecnificada, que tiene su sentido en Europa y Estados Unidos, y debe ser bellísima en La Habana; pero eso sí es transgresión: ponerle un espejo a la gente cansada de mirarse a sí misma. Puedo parecer arrogante, pero no lo puedo disfrazar. Ojalá pudiera coger un spray y pintar sobre la obra de Anish Kapoor y hacer arte de guerrilla. Tenemos que pensar en un arte que se conecte más con la gente y les transforme la vida.


 

No vine a quebrar nada ni a tratar de unir sectores. Ese es mi ego como artista, ponerlo allí y decir esta es mi obra, allá ustedes. Vengo a re-plastificar los códigos culturales, juego con modismos intangibles y experiencias que no son espontáneas. Rescato un pregón cubano y lo adapto al flamenco, unos cantos a Eleggua los llevo a rap y una canción de “Interactivo” a lírico. Esa traspolarización de géneros es un camuflaje. Lo que propongo es una idea más que se lanza como una proclamación intelectual al mundo y que cada cual la lee como quiera. No estoy preocupado por lo que el público va a ver, ni estoy obsesionado por si va a resultar, ya mi proyecto comenzó hace siete meses desde que dejé las notas en Facebook. Se concretará en el marco de la Bienal, pero ya comenzó hace rato. La gran obra es lograr los subsidios, vencer las barreras de la aduana, dejar que el taxista te robe, en fin, la obra es todo lo que involucra el proceso de creación y cómo logras vencer las dificultades.



¿A quiénes citarías como tus influencias?


A mi madre que era una pintora de construcción geométrica y, desde pequeño, me asignó el trabajo de mezclar colores obsesivamente, me daba la fórmula y yo debía medir las cantidades. Siempre administré los recursos en el estudio de mi mamá. Esa fue mi primera influencia; la segunda viene de mi tío José Ramón Sánchez, considerado uno de los padres del arte latinoamericano surrealista, fue invitado a las reuniones de esta doctrina por el mismo André Bretón.


 

De una obsesión matemática a obras que parecen vómitos: fueron dos influencias muy opuestas. Mi abuela también ha sido muy importante para mí, era una escritora de poesía, analfabeta y yo era su corrector. Mis primeras referencias son mi propia casa. Mi mamá me enseñaba a Van Gogh, a Rembrandt -casualmente todos los holandeses sin saber que yo iría a parar al Caribe holandés-. Ya a los nueve años estaba en una escuela de arte, a los dieciséis hice mi primer solo, con un año más comencé a instruir niños y a los veintiuno era profesor en la Escuela Superior de Arte en Venezuela. Creo que mis influencias llegaron desde la cuna. Y esas fueron mis motivaciones para convertirme en emigrante, quizás nunca hubiera triunfado en Venezuela.


Picasso decía que “hijo de genio nace frito”. Cada vez que mis hijos me dicen que quieren estudiar arte, les respondo: “ay, la ingeniería es tan linda”. Para ser artista no hay que ir a una escuela ¿Sabes quién me encanta? El uruguayo-alemán Luis Camnitzer, uno de los padres de la Bienal de La Habana. Él escribió un artículo sobre el robo de las escuelas de arte -por lo menos en Estados Unidos y Europa- donde te endeudas para estudiar y, es la única carrera que no tienes la garantía de poder pagar. Yo no vendo mucho, pero me siento privilegiado por eso: porque mi obra no tiene el peso de la necesidad.